Advertencia: en este post voy a hacer una declaración que puede modificar la opinión que muchos tienen de mí, y que no les va a gustar… pero lo vamos dejando para el final.
Primero, tenemos que regresar a nuestra infancia, a esos programas de terror que veíamos, pero que no eran tan fuertes como el terror para adultos.
Algunos de mis ejemplos favoritos son Escalofríos o ¿Le temes a la oscuridad?. Estos programas tenían un toque de terror que lograba ponerte incómodo, pero sin dejarte el trauma de la vida, como por ejemplo IT en su versión miniserie.
Mi generación mantuvo a flote muchos consultorios de psicólogos por el trauma que nos causó. Porque claro, si el niño ya ve cosas de terror, un poquito más de terror no le hace daño, ¿verdad? Pues no. Y la prueba es la cantidad de gente que aprendimos a bañarnos sin cerrar los ojos, por más que ardiera el shampo. Mejor eso a ser atacado por la coladera.
A este tipo de terror se le llama Terror descolmillado, haciendo referencia a que es más suave.
El miedo como juego y como entrenamiento
El mundo no es color de rosa ni está lleno de príncipes y princesas. La verdad es que hay muchas otras cosas a las que tenerles miedo, por ejemplo, la muerte.
Muchos juegos infantiles se basan en perseguir y ser perseguidos, en esconderse o en batallas imaginarias que entrenan a nuestro cerebro para “saber cómo actuar mejor” ante situaciones similares. Esto nos viene de un instinto animal primario.
Jugar con el miedo también permite que se nos diga “no es cierto, eso no existe” cuando estamos al borde del llanto porque soñamos que toda nuestra familia se convirtió en vampiros. Incluso puede servir como excusa: “un fantasma habita mi casa y es quien me esconde las cosas”, en lugar de “el alemán” (demencia senil). A veces, la idea de un fantasma es más soportable que la certeza de que nuestra vida es finita y nuestra realidad sea todo un invento.
El terror para niños: sustos sin secuelas
Consumir terror es casi necesario, pero en ciertas dosis. El terror para niños es un “terror descolmillado”: no tiene escenas gráficas, exceso de sangre, vísceras expuestas o miembros amputados.
Es un terror con un final que no es de cuento de hadas, pero tampoco deja secuelas como evitar mirar alcantarillas o saltar cada que ves un impermeable amarillo.
Un gran ejemplo de esto es la serie de Merlina, al menos en la primera temporada que la segunda se puso algo más oscura, la serie de libros de Unas vacaciones aterradoras de Kriesten White o el contenido que hace el Youtuber Fede Vigevani sobre payasos de la Deep Web.
Yo mismas tengo un libro de terror para niños que fue más bien un ejercicio creativo, porque es claro que no es lo que más disfruto escribir, porque mis gustos nunca fueron tan descolmillados, al contrario, mientras más puntiagudos los colmillos y más grandes las alas mejor.
Declaración impopular
Aquí viene: Pesadilla antes de Navidad no es una película de Halloween. Es una película de Navidad que suaviza tanto el horror que me da mucha flojera y creo que está sobrevalorada.
No veo películas de Navidad, así como no veo películas con animales protagonistas (excepto Alien), ni películas donde los robots son los malos o la tecnología se vuelve en nuestra contra (síndrome de Frankenstein, según Asimov).
Mi amor por Halloween
Halloween siempre ha sido mi festividad favorita. No solo porque me gusta disfrazarme, sino porque me encanta jugar con elementos de terror como insectos, cementerios, asesinos seriales, cadáveres olvidados en el patio o a medio enterrar.
Mi objetivo cada año es obtener una queja del comité de vecinos, y todavía no lo consigo, así que seguiré intentando.
Si tienes ideas, huesos, bolsas negras con contenido misterioso, muñecas viejas y perturbadoras o momias que te sobren, son bienvenidos.