Somos humanos con tiempo de caducidad. Es una realidad biológica: todos los que conocemos van a morir. Muchos ya hemos enfrentado pérdidas importantes en nuestra familia y, lamentablemente, siempre habrá estafadores de lo paranormal, acechando para aprovecharse de ese vacío.
El deseo del «más allá»
La creencia en algo después de la muerte responde más a un deseo de permanencia que a un miedo primitivo a las sombras. Querer hablar con familiares fallecidos es una respuesta emocional humana y normal, pero debe tratarse desde la tanatología (el estudio integral de la muerte y el duelo), no desde el espiritismo.
Es difícil rastrear quién tuvo la primera idea de que los fantasmas existen, pero sí sabemos cuándo ocurrió el boom del espiritismo moderno: 1848. Las orquestadoras fueron las hermanas Fox (Kate y Margaret) en Hydesville, Nueva York. Estas adolescentes comenzaron jugando una broma a su madre, afirmando que un espíritu se comunicaba con ellas mediante «golpes».
La realidad técnica era simple: los sonidos eran chasquidos de las articulaciones de sus pies contra la madera, un truco que perfeccionaron con los años, llegando a usar incluso manzanas atadas con hilos para simular ruidos en la oscuridad. Su éxito fue masivo porque Estados Unidos estaba sumido en el dolor de la Guerra Civil, un periodo que dejó miles de familias buscando consuelo desesperadamente. De sus espectáculos derivaron las «canalizaciones» y, eventualmente, la Ouija.
El fenómeno de la Ouija y el Pánico Satánico
El caso de la Ouija es digno de estudio. Para muchos es un objeto «peligroso» que abre portales; sin embargo, la patente original de 1890 (de Elijah Bond y Charles Kennard) y su posterior venta a Parker Brothers en 1966, la registran legalmente como un juguete de mesa.
Esta disonancia cognitiva es reciente. Durante la segunda mitad del siglo XX, vivimos un retroceso intelectual debido al Pánico Satánico (Satanic Panic) de los años 80. Lo que antes era un juego inofensivo se volvió «peligroso» por una histeria colectiva alimentada por medios de comunicación y grupos religiosos. En EE. UU. hubo verdaderas cazas de brujas, como el juicio de la guardería McMartin, donde se acusó a maestros de actos atroces basados en testimonios infantiles inducidos. No hubo evidencia de cultos satánicos ni sacrificios humanos, solo miedo mediático que nos dejó mitos absurdos: que los Pitufos eran diabólicos o que Pokémon y Dragon Ball eran herramientas de perdición.
El negocio del miedo
El miedo es una función adaptativa que nos mantiene vivos, pero también es una poderosa arma de control de masas y lucro. Alguien desesperado pagará lo que sea por hablar con un fallecido. El que quiere creer está dispuesto a ignorar la lógica para calmar su ansiedad. Y donde hay una necesidad humana desatendida, siempre habrá un charlatán dispuesto a monetizarla.
¿Y la ciencia, «apá»?
Si bien la ciencia no puede negar categóricamente lo paranormal (pues no se puede probar una inexistencia), lo que sí ha hecho es demostrar sistemáticamente el fraude. Por siglos, investigadores y escépticos han puesto a prueba a los videntes en entornos controlados y ninguno ha logrado superar el rigor del método científico. Hoy en día, los «cazafantasmas» modernos utilizan equipos que carecen de sustento técnico y que solo sirven para impresionar a una audiencia no especializada.
El uso del detector de EMF (Campos Electromagnéticos) es un ejemplo claro; estos aparatos detectan cambios en el espectro electromagnético, pero en una casa moderna estamos rodeados de ellos. Desde el cableado eléctrico en las paredes y las señales de Wi-Fi, hasta los smartwatches o simples variaciones en el voltaje de la línea, todo emite campos que estos dispositivos captan. Sin embargo, los investigadores suelen ignorar estas fuentes mundanas para atribuir cada pitido a lo sobrenatural.
Esto nos lleva a un razonamiento circular: los entusiastas afirman que «los fantasmas emiten campos eléctricos porque el aparato suena», y luego aseguran que «el aparato suena porque hay un fantasma presente». No existe ninguna base científica o constante física que demuestre que una supuesta conciencia incorpórea emita frecuencias de radio o altere la electricidad. Esta premisa trabaja de la misma forma que el dogma: se asume la conclusión para validar la herramienta.
Finalmente, el efecto ideomotor explica el fenómeno detrás de herramientas como la Ouija o las varillas de radiestesia. Se trata de un fenómeno psicológico y fisiológico donde el cuerpo realiza movimientos musculares inconscientes y automáticos. El sujeto mueve el puntero o la herramienta basándose en lo que su mente espera ver o en sus propios sesgos, sin que sea consciente de que él mismo es la fuente del movimiento. La ciencia ha demostrado esto repetidamente, dejando claro que no hay espíritus moviendo la tabla, sino la propia mente humana manifestando sus expectativas.
¿Y entonces?
Supongamos por un momento que los fantasmas existen. Si fuera así, les deberíamos una disculpa enorme por intentar «comunicarnos» con ellos usando cajas de luces baratas y ruidos grabados en lugar de rigor científico y miedo. Mientras nos distraemos con aparatos electrónicos inadecuados, ignoramos la verdadera búsqueda. Pero, si desechamos todos estos aparatos, técnicas y expertos, no nos queda nada de donde partir. Puede ser que los fantasmas existan, pero en tal caso parecen estar completamente imposibilitados para contactarnos. O no existen, y la vida es una y hay que entenderlo. Saber dejar ir, y prepararnos para partir.
La ignorancia científica está permeando nuestra sociedad y no podemos detenerla sin cuestionar a quienes dependen de las promesas de estos estafadores. La ética y la moral les importan poco a quienes lucran con el duelo. Por eso, el mensaje debe ser claro: no le teman a los muertos, ténganle cuidado a los vivos.
