España está en tremendo debate por el caso de Noelia Castillo Ramos y su eutanasia. El caso es complejo y las opiniones divididas y creo que no hay mucho más que yo pueda aportar, así que les voy a contar una historia. La historia de mi tía I.
I fue la tercera hija de mis abuelos y la mayor de las hermanas. Ellos eran una familia muy bien acomodada: en una cama se acomodaban mis abuelos, el bebé y el que siguiera en edad; cuando llegaba un nuevo bebé, se acomodaba a uno de los más grandes con las hermanas y luego hasta con los hermanos. Y este es el problema de la familia tradicional, es bien fácil decir que «hay que tener los hijos que Dios mande», cuando no se le está preguntando su opinión a la hermana mayor, que es quien termina ayudando en casa y en la crianza de los hermanos. Y esto fue tan pesado para I que cuando nació el 11.º hijo y ella ya tenía sus buenos 18 años, sus amigas fueron a decirle a mi abuela que «tenga cuidado con el bebé porque I dice que a este sí lo mata».
La precariedad con que vivieron derivó en varios traumas, entre ellos que I no tolerara ver, menos comer, galletas de animalitos, pues recordaba cuando eran lo único que tenían y cómo se las daban de una en una, para que todos alcanzaran.
I tenía tres sueños: tener su coche propio, viajar a Europa y tocar el piano. Solamente no cumplió lo del piano; eso y las matemáticas no eran su fuerte. Irónicamente era maestra de literatura, pero en su casa no había libros, al menos no de ella. Una de sus hijas fue mi fuente de libros de terror por muchos años, pero «éramos las raras». Los libros ahí estaban arrumbados en un cuarto húmedo y oscuro, lo cual sirvió para que yo tomara sin pena El mundo y sus demonios y jamás lo devolviera.
Cuando mi abuela empezó con demencia, I fue una de las que más nos ayudó, sobre todo cuando fue obvio que yo no era capaz de controlar a mi abuela y sus intentos de fuga para ver al novio. Ni mi abuela ni I se distinguieron por ser personas cariñosas, y su relación se volvió peculiar. I llegaba con voz afectada a decirle a mi abuela «Mamá, cómo estás» y mi abuela le respondía «¿Cómo voy a ser yo tu madre si estás vieja y fea, y yo estoy joven?» y se ponían a discutir sobre eso. Creo que era más bien una forma de tener algo de qué hablar y de interactuar.
Ocurrió en una fiesta familiar que el hijo de I se portó muy amable con mi abuela, sirviendole refresco, trayéndole la comida y en general siendo un buen nieto, pero como ella era «joven», obviamente no lo hacía por ser su nieto, lo hacía porque era su novio. Ver a mi abuela llorar en la casa de I porque descubrió la foto de la boda de su «novio» fue algo para lo que nunca nadie nos preparó.
Obviamente I desarrolló un gran rechazo a terminar como mi abuela: «Prefiero morirme», decía. Sus señales de inicio de demencia fueron diferentes; recuerdo un caso que parecía muy aislado, donde perdió noción de sí misma por horas. Pero no pasó más allá, al menos por un tiempo.
Su salud, comparada con la de mi abuela, era mala. En primera porque era común que encontráramos a I colgada del cuello de una puerta. Esta era una terapia de rehabilitación que le recomendó el doctor después de un choque que tuvo. Su coche se fue de reversa en una bajada y chocó con un poste, dejándole un problema de columna. Asi que tenia que usar una polea que la dejara suspendida para que la gravedad hiciera lo suyo. En otra ocasión una vaca se cayó del cerro y le destrozó el frente del coche, pero esa es otra anécdota que no derivó más que en pérdida total del coche, pero mi tía salió ilesa.
I y yo desarrollamos una conducta autodestructiva, pero cual evolución convergente, sin que una supiera que la otra la tenía. Cuando estábamos con ganas de postre y no había nada en la casa, sin pena bajábamos por una taza de azúcar morena y nos la comíamos a cucharadas. Nadie más en la familia comparte mi alta tolerancia al dulce, tanto así que nos ponían a hacer competencias de comer mermelada. Dicho sea de paso, ya superé esta etapa y ninguna de las dos desarrolló diabetes, asi que pueden abstenerse del regaño.
Sin embargo, I sí era hipertensa y muy mala para cuidársela. Cuando empezó a sufrir caídas repentinas, primero pensamos que eran calambres, cosa que siempre había sufrido, pero el cardiólogo dio un veredicto diferente: megalocardia sazonada con una necesidad imperiosa de un marcapasos. Su corazón no era del tamaño de un puño, era de esos del tamaño de dos puños, tres meñiques y cuatro pulgares. Después de la operación llegamos a decirle que el doctor tuvo que ir a la ferretería por una extensión porque no alcanzaba el cable normal de su marcapasos.
El humor y el chascarillo eran nuestra forma de afrontar lo desconocido. Cuando empezó a cambiar la realidad decíamos que era su «olvidaditis» y que se tomara su «pento», haciendo referencia a su pentoxifilina. Y si alguna de nosotras confundía algo, también le mandábamos entre risas a tomarse «una pento».Normalizar es una forma de enfrentar. Después de mi abuela era más que obvio lo que estaba pasando y no nos quedaba más por hacer que aligerar el momento.
Durante otra fiesta familiar, alguien preguntó por fulanito que estaba tardando en llegar. I levantó la mano y dijo sin empacho: «Que dice que ya viene, que hay tráfico». Alguien más también levantó la mano y dijo: «Le voy a decir que se traiga un refresco que se están acabando». Telepatía celular le llamábamos, porque este no fue un hecho aislado, mas bien algo cotidiano con lo que aprendimos a bromear.
Mi madre vivió esto de cerca y de todas formas hace unos días me dijo muy tranquila: «Yo no necesito celular ni teléfono para hablar con la gente, tengo algo en mi cabeza que hace que los escuche»…
En ciertas etapas tempranas de la demencia, el paciente se da cuenta de lo que está pasando, y mi tía, en uno de esos lapsos, sí llegó a decir entre lágrimas: «No quiero esto, prefiero morirme, pero soy muy cobarde para hacerlo».
Mi tía duró en cama menos que mi abuela, pero al final fue lo mismo: inmovil, sobre un pañal pañal, con úlceras por presión y perdida en su pequeño mundo.
Creo que somos verdaderos dueños de pocas cosas, pero una de esas cosas debe ser nuestro futuro y nuestra muerte. Hay futuros que no podemos cambiar, que no tienen nada más que ofrecernos y que son francamente indeseables; y sí, soy partidaria de al menos tener ese último control sobre nuestra vida.
