Cuando abrí la puerta de la cocina, noté un olor raro. Miré la jarra de la cafetera y una gota blanca y solitaria en el fondo confirmó mi sospecha. Me descuide.
Extraño mucho ese tiempo cuando salir de casa solo implicaba tomar llaves, cartera y celular. Ahora es un ritual de muchas partes. Incumplir alguno significaría una ruta de riesgos que no siempre estoy dispuesta a asumir. Para salir de casa debo dejar abuelitas comidas y entretenidas. Una de ellas no se puede quedar en la silla porque empieza a derretirse y su delgadez le permite pasar por debajo del cinturón. La otra abuelita debe estar con material de pintura listo, o al menos con ropa que doblar, porque las manos ociosas no son buenas. La cocina debe estar cerrada con el pasador, pero como a veces aún lo puede abrir, la hornilla eléctrica debe estar guardada en la alacena, al igual que la cafetera. El horno de microondas debe tener el enchufe apagado, igual que la olla eléctrica. Por si a estas alturas no se ha adivinado, el gas fue de lo primero que se clausuró cuando empezó a suponer un peligro, entonces toda la comida aquí se prepara con electricidad, que es más difícil que cause accidentes, pero que require ciertos pasos diarios que en otra situación serían innecesarios.
Que una abuelita coma por aburrimiento es hasta normal, pero todo con medida y sobre todo en la madrugada. Así que la cocina se cierra, pero en caso de fallo, siempre debe haber algo fácil de preparar, ya sea la bolsa de pan integral con un frasco de mermelada a la mano, o un plátano (que no está escondido en la alacena con sus amigos )esperando junto a un yogur. Esto es lo mínimo que debo dejar si me tengo que ausentar por un par de horas.
Pero las prisas del otro día me hicieron faltar a este ritual. La ociosidad y el hambre ganaron, y mi cafetera fue usada para calentar leche. La leche fue introducida en el depósito que solo debe llevar agua, y alguna poca quedó ahí a quemarse. Ya limpié como pude eso, pero aun ahora, días después, si intento calentar únicamente el café que quedó en la jarra, de la cafetera sale humo y la cocina se impregna de ese peculiar olor a leche quemada.
Acepto mi culpa así como acepto que a veces tanta carga mental me sobrepasa. No siempre se puede ser perfecta y tener todo medido, controlado y previsto. No es ni correcto ni realista. Hay cosas que no son negociables, pero puedo trabajar con pequeños márgenes de error.
Cuidar es difícil. Es un trabajo pesado e ingrato, pero el secreto está en cuidar de nuestra salud mental primero. Hacer concesiones y darnos permiso de no ser perfectos.
