—Me rindo. Mátame, por favor.
No me responde. Escucho su respiración entre el eterno sonido de las goteras que me han acompañado por siempre en este foso. Creo que han sido ya varios años; hace mucho perdí la cuenta de los días.
—Sé que estás ahí, mátame ya, por favor.
La tos me invade antes de que pueda continuar con mi súplica.
—No quiero seguir sufriendo, prefiero que me mates tú antes que seguir aquí atrapada.
Toso nuevamente, el sabor de la sangre me da náuseas. Cada día mi salud empeora. No sé cuánto tiempo llevo sin ver el sol. Mis músculos ya no soportan mi inmovilidad. Cada día me duelen más, cada día es más pesado ponerme de pie. La cadena de mi cuello permite que me pare y que me acueste. Pero de nada me sirve si la puerta está a varios metros sobre mi cabeza.
—Te pido por amor a Dios que acabes ya con mi sufrimiento. Déjame morir en paz.
—¿Y cómo sabes que no estás muerta?
Es la primera vez que me contesta. Sé que ha venido a verme, me ha espiado mientras duermo, mientras lloro y grito, pero nunca hasta ahora me ha dirigido la palabra.
—Porque en la muerte hay paz, no hay sufrimiento y no estás tú, pedazo de ser despreciable.
Su risa estridente y mi húmeda tos llenan todo el ambiente. Sin esfuerzo baja de un salto hasta donde estoy. Cada que lo hace me confirma lo que todos sabían, pero que yo no quería aceptar. Él no es humano, es un engendro del diablo, es un ser negado por Dios que se llevó a mi hermana. Nadie me quiso acompañar a buscarla, así que vine sola. Él me atrapó y me encerró en esta fosa. Me ha alimentado solo lo suficiente para que no muera de hambre. Años comiendo carne cruda han cambiado mis dientes y mis manos. Hoy soy más una animal carroñero atado a los pies de su amo que la mujer libre que yo era.
Mi vida no ha sido una vida desde hace mucho; los pocos recuerdos que me quedan se han vuelto borrosos y se han mezclado con sueños febriles que me atormentan cada noche. He vivido mil vidas oníricas, mientras mi cuerpo se pudre en vida.
—Mátame como mataste a mi hermana, bestia.
Una risa sarcástica se escapa de su boca mientras se acerca poco a poco a mí.
—Tú te la robaste, infeliz.
—Tu hermana fue la que vino a mí.
—Tú debiste engañarla, tú debiste doblegar su voluntad de alguna manera.
—Ella era más lista que tú, pudo adivinar lo que somos y quería unirse a nosotros, por eso vino voluntariamente.
—¿Era?
Hasta ahora, nunca había respondido a ninguna de mis preguntas. Pero hoy estaba hablando con soltura e indirectamente me estaba aceptando sin remordimiento que sí la había asesinado. La última brasa de esperanza que me quedaba se rompió. Podía escuchar a mi corazón latiendo con fuerza dentro de mi cabeza; podía escuchar mi sangre circular por mis venas.
—Maldito infeliz, púdrete en el infierno.
Otro ataque de tos impidió que siguiera insultándolo. Verme escupir sangre solo parecía darle más satisfacciones. Despacio, dio vueltas en torno a mí, como si quisiera verme de todos los ángulos.
Mi ropa hace mucho que se había vuelto un harapo. Mi cuerpo estaba cubierto de costras de podredumbre. En ese momento yo ya no podía sentir vergüenza, tampoco pudor; solo quería venganza.
—Querida, tu hermana, igual que tú, vinieron aquí por su propia voluntad.
—Pero fue tu decisión matarla.
—No, ella me pidió que la convirtiera en uno de los nuestros. Humanos estúpidos, escuchan nuestra leyenda y su envidia los lleva a hacer tratos con su alma, con su destino y con sus familias.
—¿Y si ella vino sola, por qué encontré sus ropas bañadas en sangre en el bosque, mentiroso ser inmundo?
—Porque ella las dejó así para que tú vinieras por ella.
—No.
—Sí. Ella te amaba mucho y quería que fueras parte de esto. Yo hace mucho que dejé de entenderlos a ustedes, pero la idea de tener a dos hermanas aquí parecía divertido; imagina todo lo que pudimos hacer juntos.
—Ella no me haría eso.
—No la conocías como crees. Ella también quería que te convirtiera, me suplicó que lo hiciera.
—¿Convertirnos? ¿Convertirnos en qué?
—En lo que yo soy: algo más fuerte, más sediento de sangre, más ágil y con menos moral.
—¿Qué le hiciste, infeliz? ¿Dónde está? ¡Quiero verla!
—Ella era más débil que tú, su cuerpo no resistió mi mordida.
Mordida, es cierto. Esa noche que entré aquí a hurtadillas, algo me atacó en la oscuridad y me mordió el cuello.
—Tu hermana está muerta, pero tú, querida, ya no eres humana; ahora eres como yo. Estás escupiendo sangre porque tienes sed.
Sed, sangre… es cierto. Cuando la sangre tocaba mi garganta había un alivio momentáneo. La revelación hizo que mi mente se aclarara un poco.
—¿O sea que soy como tú? —pregunté con cuidado.
—Sí.
—¿Entonces puedo salir de aquí de un salto?
—Sí, pero primero quítate la cadena.
—No puedo.
—No, antes no podías. Esa enfermedad que has padecido no es una enfermedad humana, es un proceso de transformación.
—¿Cuánto tiempo estuve enferma?
—Cincuenta años.
Él vio cómo miré mis extremidades, cómo tocó mi cara y tuvo que reírse otra vez de mí.
—No has envejecido, ya nunca lo harás. Ven conmigo, date un baño, quítate la mugre y descubre el hermoso cuerpo que hay debajo. Nunca más envejecerás ni serás débil; ya no eres humana.
—Y nunca más seré tu prisionera —dije mientras rompía con mi mano derecha mi cadena. Odiaba que él tuviera razón, pero es cierto, ya no era humana. Y esto solo me llenó de más odio.
Con furia me acerqué a él y lo tomé por el cuello.
—Si soy como tú, entonces ya no debo tenerte miedo y puedo matarte con mis propias manos.
Mis uñas se enterraron en su carne, pero él solo agrandó su sonrisa.
—Puedes matarme, pero soy lo único que te queda. La imbécil de tu hermana está muerta y fue su culpa. Todos los que te conocieron o están muertos o te van a repudiar como me repudian a mí. Yo era un ser completo hasta que ustedes llegaron; convertir a tu hermana se llevó una parte de mí y ahora hay algo mío dentro de ti: tú bebiste de mí y yo bebí de ti. Eres mi compañera, eres lo único que tengo y soy lo único que tienes, y así será por siempre. Te he cuidado, te he alimentado y he compartido sueños contigo. todo aquello que crees haber soñado yo lo he vivido. Ahora tu me conoces mejor que nadie, y yo te he vuelto mi mundo
Nunca antes lo había tenido tan cerca. El brillo de sus ojos era frío como la muerte y me hipnotizaba; su aroma era embriagador y despertaba algo en mí. Yo pedía la muerte porque me sentía muy diferente, pero es cierto, solo tengo más hambre de la que he tenido jamás. Y toda la furia que sentía no era furia, era lujuria, era deseo y ganas de que sea mío. El ha visto y vivido mis recuerdos,y yo los suyos. Ahora somos uno
Sin relajar mi agarre, acerqué mi boca a su cuello, solo para rozarle la piel con mis nuevos colmillos.
—¿Así que?
—Así que, ahora, querida, te voy a enseñar a cazar. Te voy a enseñar a vivir esta vida de noche, sombras y sangre. Ahora eres un vampiro, una hija de Lilith y mi compañera.
Y, por fin en muchos años, me sentí viva.
Llevo dos días escuchando en bucle esta canción y en la noche empece a fantasear con una historia. Y antes de que me digan que que tiene que ver un dragon con un vampiro El padre de Vlad Tepes (el personaje histórico en el que se inspira el mito de Dácula), se llamaba Vlad II. En 1431, fue admitido en la Orden del Dragón (Societas Draconistarum), una orden militar cristiana creada para defender Europa del Imperio Otomano.
Debido a su pertenencia a esta orden, Vlad II recibió el sobrenombre de «Dracul».
El símbolo de esta orden era un dragón con las alas extendidas, colgado de una cruz.
