La diferencia entre tú y yo, no es solo una base genética, también es un conjunto de experiencias, creencias y sucesos que marcaron nuestra vida. ¿Y qué pasa si un día descubres que una de esas creencias que tanto definieron tus pensamientos, tus acciones y hasta definió tu futuro, fuera mentira?
Ayer vimos una película basada no en un libro, sino en los tres libros de una saga donde el protagonista sufre este tipo de revelación. No les voy a decir cuál, para no arruinar la sorpresa a nadie, pero ya entendí por qué, si la saga fue tan famosa, la película pasó desapercibida. Mucho que contar y explicar en muy poco tiempo. Y muy poco tiempo para que el protagonista procese la cantidad de mentiras que le han contado en su vida. Admito que hay muchas películas de este tipo que he disfrutado mucho; es un gran plot twist que te permite jugar con historias de horror, por ejemplo Los otros y La aldea, donde nuestros narradores no son confiables y todo lo que dicen tiene una segunda explicación.
Cuando esto pasa en la vida real, la terapia es necesaria. Y lo digo pensando en un caso que me tocó ver de cerca, en un menor de edad que no había manera de que estuviera listo para lo que le pasó. Pero como esa no es mi historia, prefiero contarles otra más sencilla e inocua, pero que sí es mía.
Durante muchos años, mi madre aseguró que yo había nacido el 31 de diciembre, pero que me registró como si hubiera nacido el 1 de enero para hacerme un año más chica. Matemáticamente no tiene sentido, pero no había problema con ello. Ustedes se preguntarán qué día hacíamos mi fiesta de cumpleaños, y la respuesta es ninguno. Como se juntaba con Año Nuevo, a lo mucho mi madrina me compraba un pastel y ya. Y todo transcurrió normal por muchos años, hasta que mi padrino decidió hablar.
En plena fiesta de Año Nuevo le dice que no, que su historia no va así, que ella empezó con los dolores de parto la madrugada del primero, y que cuando ellos llegaron de la fiesta de Año Nuevo en casa de su papá, es cuando les avisó y la llevaron a la clínica.
Aquí va un poco de contexto necesario: mi madre quedó embarazada de mí y trajo vergüenza y deshonra a la familia, la casa y hasta la vaca, si hubiéramos tenido vaca. No importaba que ella tuviera 35 años, dos carreras y un trabajo que le permitía pagar sus gastos y vivir en otra ciudad. Era madre soltera, y mi abuela le prohibió venir al rancho por unos meses. Debo decir que no fueron tantos, porque ella les contó de mí cuando ya tenía seis meses de embarazo. Al final, mi abuela cedió y aceptó cuidarme cuando naciera. Pero que yo naciera y no hubiera ningún «hombre» cerca le conflictuaba mucho. Por eso estaba muy interesada en que fueran una de sus otras hijas y su esposo quienes llevaran a mi madre al hospital. Así se podía disimular un poco y eventualmente, esos tíos se convirtieron en mis padrinos de bautizo.
Así que sí, los argumentos de mi padrino tenían cierta validez y la cara de mi madre en ese punto era épica. Ella intentó defender su versión asegurando que yo nací un viernes, y efectivamente el 1 de enero de ese año fue viernes.
Cuando yo me entero de todo esto, fue un «ah, bueno, ya entiendo ciertas cosas». Ya sabía yo que, siendo la nieta número cincuenta y tantos, tampoco era tan la novedad, pero ciertas cosas embonaron.
Hoy se cumplen 27 años de la muerte de mi abuela, que a pesar de todo logró quererme y, de sus 60 nietos, fui a la única que realmente crio y cuidó por ocho años. Y yo se lo pagué cuidándola los últimos ocho años de su vida. Con ella aprendí a lidiar con alucinaciones y delirios, a cambiar pañales, a limpiar llagas y a identificar las señales de un próximo ataque epiléptico. Todo antes de aprender a conducir.
Hoy que tengo que vivir otra vez lo que es la demencia(y por partida doble) es cuando más pienso en mi abuela y lo poco preparadas que estábamos para lo que se venía. Pero así es la vida Y toca vivirla sin dar por cierto nada.
