Para definir realmente a un genio, primero debemos entender qué es la inteligencia. Y aquí ya tenemos un gran problema: sí, el componente biológico y la dotación genética con la que nacemos son importantes, pero definitivamente no son lo más relevante.
No podemos limitar la inteligencia a la simple capacidad de recordar y retener datos.
Un ejemplo claro es el síndrome de Savant, una condición en la que la persona puede tener memoria fotográfica o incluso leer con ambos ojos simultáneamente, duplicando su velocidad de lectura. Sin embargo, muchos de ellos no son capaces de usar ese conocimiento de manera práctica y requieren asistencia de por vida para las tareas más básicas. Su intelecto es vasto, pero carece de aplicación: un componente fundamental de la inteligencia.
Marilyn vos Savant y el Problema de Monty Hall
Ojo, no hay que confundir esto con el caso de Marilyn vos Savant. Nacida como Marilyn Mach, decidió usar el apellido de soltera de su madre (“vos Savant”, que significa “sabio” en francés), un nombre que resonaba con su intelecto.
Aunque el récord Guinness de IQ de 228 que se le atribuyó a los 10 años es objeto de debate, la fama que le dio la catapultó a la esfera pública. Guinness dejó de registrar esta categoría en 1990, argumentando que las pruebas de inteligencia son demasiado subjetivas.
Marilyn se hizo mundialmente famosa por su columna «Ask Marilyn» en la revista Parade, donde resolvía preguntas complejas. El punto culminante de su carrera fue en 1990, cuando un lector le presentó el famoso Problema de Monty Hall (lo que en México se conoce como la “catafixia” de Chabelo).
La mayoría creía que las probabilidades se reducían al 50%, pero Marilyn dio la respuesta correcta: sí conviene cambiar de puerta. Su razonamiento era impecable: la probabilidad inicial de acertar era de 1/3; al abrirse una puerta con una cabra, la probabilidad restante (2/3) se concentraba en la única puerta cerrada. Su lógica fue comprobada más tarde con simulaciones, aunque en su momento recibió miles de cartas insultantes de académicos que la criticaban.
Inteligencia sin educación formal
Tampoco podemos decir que la inteligencia sea solo el resultado de la educación formal.
El caso de Sultan Khan, un esclavo indio analfabeto que se convirtió en campeón de ajedrez de Inglaterra, lo demuestra. Khan derrotó incluso a José Raúl Capablanca, el tercer campeón mundial, sin haber leído jamás un libro de ajedrez. Para él, la genialidad era una herramienta de supervivencia más que una pasión, y tras recuperar su libertad decidió abandonar el ajedrez para siempre.
Inteligencia desviada hacia la oscuridad
La inteligencia superior no siempre conduce al éxito ni a la fama positiva.
El tristemente célebre Unabomber, Ted Kaczynski, tenía un intelecto prodigioso y un futuro brillante, pero su historia terminó en terrorismo y violencia.
Otro caso es el ingeniero Billie Ray, capaz de construir cualquier cosa, pero que usó su ingenio para diseñar un calabozo de tortura conocido como “La caja de juguetes”. Su número exacto de víctimas sigue siendo desconocido.
Estos ejemplos muestran que la genialidad no es garantía de bondad, ni tampoco de estabilidad.
El CI: medir lo inmedible
La necesidad de cuantificar la inteligencia llevó a la creación del Coeficiente Intelectual (CI).
- 1905: Alfred Binet y Théodore Simon crean la primera escala para identificar estudiantes que necesitaban apoyo.
- 1912: William Stern acuña el término “cociente intelectual”.
- 1916: Lewis Terman adapta la prueba para EE.UU. (Stanford-Binet).
- 1930s: David Wechsler desarrolla las escalas WAIS y WISC.
Hoy en día, el puntaje promedio es 100, con la mayoría de personas entre 85 y 115. Pero estas pruebas no son estáticas: la inteligencia cambia con factores ambientales como la nutrición, la educación y el contexto social.
Y lo más importante: estas pruebas solo miden qué tan bueno eres resolviendo ese tipo de test, no tu inteligencia global.
Críticas y sesgos del CI
El CI ha sido duramente criticado por su sesgo cultural. Muchas pruebas fueron diseñadas en contextos occidentales y no reflejan la diversidad cultural. Además, no evalúan habilidades clave como la creatividad o la inteligencia práctica.
Lo peor: el CI fue usado históricamente para justificar la eugenesia y la discriminación. En EE.UU., por ejemplo, se usaron resultados de tests para restringir la inmigración y hasta legitimar esterilizaciones forzadas, como en el caso de Buck v. Bell (1927).
Conclusión
El concepto de genio es mucho más complejo de lo que sugieren los números.
No se limita a un puntaje en un test, ni a la acumulación de datos, ni siquiera a la educación formal. Es la intersección de una mente excepcional con la capacidad de aplicar ese intelecto, ya sea para el bien, el mal o la simple supervivencia.
Tu inteligencia no define tu valor ni tu futuro. Y esos test de internet… mejor tómalos como pasatiempo.
Si quieres mejorar tu mente, la receta es más sencilla: no dejes de aprender, juega, ejercítate, abre tu perspectiva y sigue cuestionando.
Y sobre todo: desconfía de los “genios” que se autoproclaman como tales.
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