—Roberto, por favor ponla al teléfono, quiero hablar con mamá —dijo Samanta con su voz más dulce.
—¿Para qué la necesitas? —contestó él con voz cortante.
—Quiero que me dé la receta de su salsa verde —fue la respuesta de Samanta, con voz monótona, como si fuera un discurso muy bien ensayado.
—Déjate de pretextos absurdos. Siempre que está conmigo, le pides esa receta. Entiende que le toca conmigo. Ya te la mandaré la siguiente semana —dijo Roberto mientras se apretaba con los dedos el puente de la nariz, como intentando alejar el dolor de cabeza que ya sentía que se aproximaba.
—No, pásamela, es que la necesito para la comida de hoy. Es en serio, siempre se me pierde —urgió Samanta con esa voz que usaba desde niña cuando no lograba salirse con la suya.
—Samanta, sabes que esta semana le toca conmigo —le recordó Roberto, con voz firme.
—Nada más te estoy pidiendo hablar poquito con ella, ándale, pásamela, por favor —suplicó ella.
—No está aquí, está en la casa —admitió por fin él.
—No me gusta que la dejes sola, si viviera conmigo nunca la dejaría sola —le recriminó su hermana.
—No está sola, ya lo sabes —dijo Roberto mientras se echaba hacia atrás en la silla, cansado de tener siempre esta conversación.
—¿La dejaste con alguien? —preguntó Samanta, pero en el tono de voz se notaba que ya sabía la respuesta.
—Me refería a que no puede sentirse sola, está muerta —dijo en un suspiro él.
—Ella es más feliz conmigo, yo nunca la dejo sola. A mí sí me gusta pasar tiempo con mi madre.
—Samanta, también es mi madre y la quiero tanto o más que tú, pero entiende que no la puedo traer al despacho.
—Cuando llegues a casa, me hablas, por favor. Quiero hablar con mamá.
Antes de que Samanta pudiera decir otra cosa, Roberto colgó el teléfono. Cada semana era lo mismo. Como si él no pudiera cuidar a su mamá y más en el estado en que está ahora.
Es curioso cómo su mente seguía usando el «cuidar», a pesar de que ya no había nada que cuidar. Después de dos años de agonía, su madre había muerto, al menos la parte física.
El cáncer los tomó a todos por sorpresa, nadie esperaba que lo que empezó como una cita médica de rutina pronto se convirtiera en una serie de estudios, análisis, diagnósticos, doctores.
Cuando el final estuvo cerca recurrieron a la tecnología. Lo que en un principio parecería herejía, se estaba convirtiendo en moda. Preservar la mente, la personalidad, los recuerdos en un dispositivo electrónico de forma triangular, muy similar al puntero de una ouija, pero con una esfera digital en el centro, por donde se proyectaban los recuerdos de la persona. Si este diseño fue chiste cruel o una maravillosa jugada de marketing de la empresa, fue objeto de debate por muchos años. El nombre de este dispositivo “phontasma” fue debatido varios más.
Según dicta el manual de uso del phontasma, los psicólogos recomendaban esperarse un mes después del fallecimiento de la persona para activarlo. Pero Samanta no pudo esperar tanto tiempo. Al día siguiente del funeral de su madre, Roberto la encontró riendo en la cocina, su madre o lo que ahora contenía la mente de la que en vida había sido la madre de los dos, le estaba contando milésima vez la anécdota de la fiesta del cumpleaños 12 de Roberto, donde había pedido una pizza para él solo. Efectivamente se le compró la pizza, solamente que la madre ocultó por varios años que se le había caído poco antes de llegar a la casa y, ante la flojera de ir por otra, la levantó, le sopló un poco y así se la entregó. No sin antes recordarles a toda la familia que esa pizza era solo para él.
Roberto se sintió doblemente traicionado. Él quería cumplir con su trabajo de hermano mayor y cuidar a Samanta, pero Samanta nunca fue una hermana que necesitara que Roberto la cuidara, por mucho que él lo intentara. Samanta siempre hacía lo que quería y si esto de alguna manera contribuía a enojar a Roberto, qué mejor.
La escena que encontró en la cocina le rompió el corazón, y Samanta lo pudo ver en sus ojos, y en el tono bajo y con voz quebrada que Roberto usó para pedirle explicación. Más que pena o lástima, lo vio como un triunfo. Samanta se justificó con que extrañaba mucho a su mamá y que no tenía sentido esperar ese mes. El phontasma de su madre le dio la razón y siguieron platicando como si solo estuvieran ellas dos. Roberto aguantó unos pocos minutos y se retiró en silencio. Nunca supo cuánto tiempo tardaron antes de darse cuenta de que no estaba.
Esta fue la primera de muchas disputas. El trato era que su madre estaría con ellos una semana y una semana, y que pasaría juntos los feriados. Samanta nunca aguantaba la semana sin hablar, pidiendo charlar con su madre, o que se la prestara para tomar el té. Para ella, que trabajaba en casa, era horrible que su madre estuviera sola en la sala de Roberto mientras él estaba en su oficina trabajando hasta altas horas de la noche. Samanta siempre había visto a Roberto como algo que no necesitaba en su vida. Más que su hermano, había crecido sintiéndose su jefe, su superior, y el temperamento de Samanta no podía permitirlo, así que nunca hubo una real hermandad entre ellos. Además, era obvio que Samanta era la consentida de su mamá, había heredado sus gustos, su sentido del humor y una complicidad de mejores amigas que Roberto siempre había envidiado en silencio. Su padre dejó de figurar en sus vidas poco después de que nació Samanta, y siendo francos, no había manera de extrañarlo. Samanta no necesitaba nada más mientras tuviera a su madre, ni siquiera a Roberto. Y Roberto, en silencio, resentía que su forma de ser fuera tan diferente a la de ellas, y que esto ocasionara que mil y una veces fuera dejado de lado en los planes, en las bromas, en las complicidades.
Cuando se sugirió la idea del phontasma, Roberto vio una oportunidad. Pensó que, de esta manera, podría tener a su madre y toda su atención para él. Pensaba que algo podría cambiar entre ellos, pero no fue así.
Uno de esos días donde todo sale mal, Roberto llegó más tarde que de costumbre a la casa. Se sirvió un vaso de leche para cenar y se sentó en la sala junto al phontasma de su madre para platicarle todos sus problemas. Lo más difícil de su vida siempre había sido la soledad de no tener una pareja con quien compartir su día, y ahora, tenía a su madre solo para él y para que lo escuchara. Tal y como siempre había querido.
Roberto empezó a hablarle de sus clientes, del tipo de cuentas que maneja, y quería hablarle de lo bien que había manejado la crisis de ese día, cuando fue interrumpido:
—Oye, ¿y Samanta dónde está?
—Ella está en su casa.
—¿Y si ella no está aquí para qué me quedo? ¿Me puedes llevar con ella, por favor?
Ni viva, ni muerta, ni en inteligencia artificial, su madre quería hablar con él. Un golpe que le rompiera todos los huesos hubiera dolido y lo habría hecho llorar menos que esta realidad.
Más deprimido de lo que había llegado, se dirigió a su cuarto. Se tomaría varias —muchas— de sus pastillas para dormir y si tenía algo de suerte, no despertaría. Pero antes de que pudiera pasarse la primera pastilla, escuchó ruidos raros en la puerta principal de la casa. Armado con una pesa, se acercó en la oscuridad y alcanzó a ver una figura atravesando la puerta. Con todo lo que le había pasado en el día, no fue difícil encontrar las fuerzas necesarias para desquitar toda su tristeza y su furia en un golpe seco en la cabeza del ladrón. Un microsegundo después del impacto, el olor delató al intruso y el grito confirmó su identidad: era su hermana.
Con torpeza encendió la luz, para descubrir con horror el charco de sangre en el que yacía Samanta, cuyas últimas palabras fueron:
—Vine por ella. Quiero a mamá conmigo.
Inmediatamente le hablé a la ambulancia; no me importaban las consecuencias. Estaba destruido. La policía no tardó en llegar. Mientras Samantha agonizaba en el hospital, yo estaba detenido. Nunca despertó.
Como estaba registrada como donadora de conciencia para ser implantada en un Phontasma, y gracias a mi pronta llamada a emergencias, se pudo alimentar el dispositivo.
Las averiguaciones tardaron un par de días. La cámara de seguridad del edificio captó a Samanta entrando en mi departamento con la llave de emergencias que guardaba bajo el tapete. Mi cámara de vigilancia grabó el momento en que la ataqué, pero también registró lo que pretendía hacer en el baño. Hay videos, muy nítidos y con audio claro, donde se me ve llorando en mi habitación, y antes de eso, llorando en la cocina tras el desplante de mi madre.
La noticia se volvió viral. El mundo entero me vio atacar a mi hermana, pero también me vio suplicar por no ser aceptado por mi madre. El clip exacto donde me pregunta por ella alcanzó el millón de vistas en pocas horas.
Mi abogado consiguió que saliera libre pagando una fianza. Increíble lo que el dinero, la lástima y la humillación pública pueden conseguir.
Ahora los Phonetasmas de mi madre y mi hermana charlan animadamente en mi sala. Y yo estoy tan solo como siempre.
Este cuento participó en un concurso de una Universidad de Puebla, pero no resulto ganador. Lo que sí resulto fue sanador, poner en palabras ciertas situaciones siempre ayuda. La frase de «No tengo nada que hacer aqui» fue algo que mi madre me llego a decir. Ella no tiene nada que hacer en mi casa, si nada más estoy yo y no mis hijos, yo pensaba que era normal, pero alguien me hizo ver que al menos común no era y eso destapo muchos sentimientos.
Este es un pequeño cuento de mi autoría, la idea es publicar cada viernes, aunque no siempre se cumple. Los que más me gustan terminan siendo parte de colecciones de cuentos, junto con otros jamas publicados. En Amazón puedes encontrar mis otros libros, cuentos y libros en general.
