El sol luchaba por entrar a la habitación de Luciana desde hacía horas, pero ella se refugiaba entre sus sábanas. Las cortinas eran su última barrera contra el mundo y no estaba dispuesta a retirarlas.
Ahí debajo podía seguir juntando los pedazos de lo que habían sido los últimos 5 años de su vida. 5 años que terminaron en una frase:
—Ya vendí nuestro proyecto.
“Nuestro” significaba mucho trabajo de parte de Luciana y mucho más dinero de parte de Emanuel.
Se conocieron en uno de esos eventos donde te vistes a la moda, intentando encajar y ser memorable al mismo tiempo. Todo va con su discurso de entrada ensayado hasta el cansancio. Sonrisas falsas que casi parecen verdaderas de lo mucho que se han forzado. Y esperanza de que esta vez, sí pase algo. Luciana y Emanuel eran opuestos como el día y la noche, y así fue como se hallaron mutuamente. Primero intercambiaron tarjetas, luego besos. La madrugada los encontró desnudos de cuerpo y alma. Él necesitaba un proyecto en el cual invertir y ella financiación para sus ideas.
Muchas compañías empiezan en una servilleta, pero no todas acaban en oficinas en un rascacielos. Diez pisos de oficinas, cientos de contratos, miles de empleados. Cada reunión era lo mismo: el carisma de Emanuel sembraba el terreno para las ideas de Luciana, quien cada vez aparecía menos, cansada de las mismas reacciones que recibía por su apariencia. Como si alguien como ella no debiera tener esa habilidad, esas ideas y mucho menos esa oportunidad. Poco a poco se refugió en la sombra. Al final de los 5 años, solo los empleados más viejos recordaban cómo lucía la directora de proyectos, y se notaba en el saludo que le ofrecían las pocas veces que iba a la oficina; para los nuevos, solo era la fea que se acuesta con el jefe.
Los cinco años acabaron en una fiesta, una de esas que sirven para celebrar que el esfuerzo de todos hizo ganar más dinero a unos pocos. El alcohol gobernaba y dictaba conductas inmorales y pecaminosas, cosas que esa oficina nunca había visto. Y todo logró salirse de control. Emanuel y Luciana se encerraron en la oficina, se dejaron llevar y destrozaron una mesa de caoba que los había acompañado desde el principio. Adormilados en la alfombra, cobijados en planes para el futuro, él le dijo lo que acababa de hacer:
—Vendí nuestro proyecto.
—¿Cómo?
—El proyecto secreto en el que hemos trabajado todos estos años, se lo vendí al gobierno.
—¿Para eso fue esta fiesta? ¿Para celebrar que hiciste lo que siempre te dije que no?
—Me van a pagar mucho dinero.
—¿Me o nos?
—Me van a pagar. Ellos creen que solo yo trabajé en él; no te enojes, pero los dos sabemos que nadie iba a creer que tú habías hecho eso sola.
—Eres un infeliz.
—Te acabo de depositar una buena cantidad de dinero. Sal al mundo, intenta vender tus ideas tu sola, con esa apariencia que tienes,y, no me vuelvas a molestar, cariño.
Después de eso había recuerdos borrosos de un taxi, romper unos platos en la que había sido su casa y buscar un hotel donde registrarse para pasar la noche, sus penas y su vergüenza.
El sol se había rendido cuando por fin Luciana volvió a encender su celular. Ingenuamente esperaba encontrar una disculpa. El proyecto era una arma muy filosa y en manos equivocadas podía causar mucho daño, por eso ella nunca la quiso vender. Ella lo veía como un reto que, al culminar, le daría a su vida el propósito y reconocimiento que siempre había buscado; pero Emanuel, la mente dorada del equipo, siempre vio el potencial que tenía el venderlo.
Los mensajes llegaron como una avalancha. Miles de mensajes, correos y menciones. Todos queriendo saber qué había pasado, si ella estaba bien y otros pocos dando las condolencias por su muerte.
Explosión en empresa de tecnología, el CEO murió en su oficina. Miles de empleados heridos.
El incendio empezó en los servidores. Todo el código de la empresa estaba ahí. Todos sus proyectos. El trabajo de años, perdido en segundos.
¿Fue un accidente? ¿Fue el gobierno que prefirió eliminar que comprar? ¿Ahora qué hago con mi vida? El cerebro de Luciana, que siempre tenía las respuestas, estaba en blanco.
Es el tarot el culpable de esta historia, según Gemini :
El 4 de Bastos (El Celebrador) marca el inicio con la seguridad de un hito alcanzado y la calidez del éxito compartido en equipo; sin embargo, esta estabilidad se rompe con el 2 de Bastos (El Planificador Ambicioso), que introduce la chispa de una expansión arriesgada y la fría planificación de un futuro donde la ambición nubla el juicio; finalmente, la trama culmina con el 5 de Espadas (El Perdedor), simbolizando esa victoria pírrica donde el conflicto termina en una humillación pública y una derrota moral donde, aunque uno parezca ganar el control, ambos terminan perdiendo lo más valioso.
Y parecia algo interesante de desarrollar, un conflicto donde el que pierde gana y el que gana pierde, pero la derrota moral me gusta un poco menos que una muerte misteriosa.
