Cuando estaba en la primaria, mi mamá me dijo: «Más te vale entenderle a las matemáticas, porque yo no te voy a poder ayudar y, si no le entiendes tú, ya nos fregamos las dos». Afortunadamente para ambas, ese problema lo supimos evitar por la buena, tanto así que llegué a participar en la Olimpiada de Matemáticas en la preparatoria. Pero, debo aclarar algo: cuando fui seleccionada, la reacción de mi mamá fue «no vas», tanto así que convenció a varios familiares para que trataran de persuadirme bajo la excusa de «piensa en tu mamá, ella está muy preocupada de que vayas, mejor quédate». Y debo decirlo, es muy difícil hacer algo, o sencillamente creer que puedes hacer algo, cuando desde la casa te están saboteando.
En pandemia pasaron muchas cosas, pero algunas fueron buenas; por ejemplo, fui parte del Encuentro entre Lectores, y eso me hizo muy feliz, cumplí muchos sueños ahí, pero no supe qué decir cuando mi madre me llamó mentirosa al decirle que no podía hacer no sé qué que quería que hiciera, porque tenía la entrevista en línea con dos autores internacionales. Yo ya le había dicho lo que estaba haciendo y desde la primera vez decidió ignorarme, y esa y otras tantas de sus acciones hicieron que en un principio ni quisiera decirle cuando fui una de las ganadoras del Séptimo Concurso de Escritoras Mexicanas; ¿cómo podía querer decirle eso a la que me dijo que yo no servía para eso? Eventualmente sí estuvo en las presentaciones, pero para entonces solo estaba su cuerpo, su mente ya andaba en otras partes.
Así que imaginen mi sorpresa cuando me dijo que ella tenía un premio Nobel de Matemáticas, y uno de pintura por un pajarito que pintó y que tiene colgado en su cuarto. Admito que me ganó la risa y esto ocasionó que se enojara y amenazara con pegarme. Días después le agregamos uno de humanidades por salvar a un niño de ahogarse, que ojo, ella no se metió a salvarlo; como no se le ha olvidado que no sabe nadar, lo que «hizo» fue decirle a otros que lo sacaran, pero el premio fue para ella.
Mi madre dice que está muy orgullosa de todos sus logros porque es la única mujer con tantos premios Nobel, que no tiene sus premios Nobel aquí porque están en el Museo de Nueva York y, si me atrevo a decirle que no es cierto, no me baja de ignorante.
Este narcisismo no es de gratis. Mi madre ya tenía ciertas conductas de este tipo muy proyectadas conmigo. Ella era (y es) incapaz de reconocer un error y lo peor que le puedes hacer es dudar de sus conocimientos.
La demencia le quitó filtros y le llenó de proyecciones narcisistas esos espacios en blanco. Al final, lo que la enfermedad ha dejado al descubierto no es solo un fallo de memoria, sino el motor de una envidia que siempre estuvo ahí. Es revelador que sus supuestos galardones coincidan exactamente con los campos donde yo he logrado destacar: sus premios en matemáticas compiten con el mío en las matemáticas y ajedrez, y la pintura es el símil a mi escritura (donde también tengo premios). Ya no hay máscaras sociales ni sutilezas que oculten la competencia silenciosa.
Ver estas conductas me permite entender que su necesidad de ser heroína, genio y una persona destacada es el último refugio de una identidad que nunca brilló lo suficiente, y que eso no le permitió festejar los éxitos ajenos. El narcisismo que tarde tanto en identificar ahora es un ente más de esta casa.
