Soy atea y, la verdad, me muevo más por la experiencia que por la fe. Fe es justo lo que no tuve el viernes. Por la tarde iba a asistir a un evento de ajedrez organizado por el municipio. Con otras administraciones he tenido de todo: desde torneos bien llevados hasta desastres monumentales, así que no estaba precisamente confiada. Otros años simplemente no habría asistido, pero esta vez no solo quería competir: también quería llevar a mis hijos.
El problema es que desconocía al árbitro. Y, por razones que no vienen al caso, llegué con la ansiedad por las nubes.
Como me temía, el árbitro jugaba un poco… pero nada más. Nunca había organizado un evento de este tipo. Había cerca de 14 niños y algunos adultos. Por fortuna, gracias a la convocatoria, logramos agrupar a los niños en dos bloques mientras los adultos nos retirábamos a otra sala para jugar entre nosotros, como dictan las buenas costumbres.
Dije “logramos” porque, efectivamente, me tocó poner un poco de orden allí. La señal inequívoca de alguien que jamás ha asistido (o visto) un torneo de ajedrez es querer hacerlo a eliminación directa. En este caso, era perfectamente factible un sistema Round Robin —es decir, todos contra todos— ya que los grupos quedaban de seis y siete jugadores respectivamente, lo que permitía un torneo justo. Lo normal es un sistema suizo, pero no se ajustaba: había que hacer que el torneo durara lo suficiente sin eternizarlo.
Y sí, uno de mis objetivos era que aquello saliera bien… aunque mi mano, que no es muy santa pero tampoco tan negra, fuera necesaria. Más aún porque mis hijos jugaban. Me limité a decirle al árbitro cómo se hacen estos torneos, le generé una tabla cruzada de Round Robin con colores alternados usando IA y me retiré. Él parecía no querer que lo abandonara, pero yo ya iba descubriendo que lo mío no era solo ansiedad: había algo físico detrás de mi malestar y algo muy inflamado en mi garganta. Francamente, no estaba en condiciones de arbitrar, y fuera de la sala hice un mejor papel, perdiendo dos de cada tres partidas.
Creo que el torneo salió bien: no hubo quejas y solo fue necesario un desempate. Lunitun perdió, pero Tinitun ganó de manera invicta, así que una de cal por una de sal, algo asi decían.
Lo divertido es que, desde el principio, el árbitro me confesó que no tenía ni idea de cómo organizar un torneo, pero que creía en Dios y estaba seguro de que Dios me había puesto en su camino para ayudarlo… porque, de hecho, apenas le habían avisado unas horas antes mientras comía un pollo frito.
Yo, ni creyente ni enviada por nadie, era solo una ajedrecista estresada a la que le cuesta soltar el control de las cosas. Cuando veo que algo no está saliendo bien, tengo que intervenir, casi imponer. Les juro que estoy trabajando en eso… pero en situaciones así me resulta difícil soltar, fluir y dejar que las cosas se desplomen sin intentar salvarlas y el viernes creo que desaprendí más de lo que había aprendido. Algo dentro de mí sabe que si fuera dictadora suprema del mundo haría buen papel, pero todos sabemos de más de un dictador de bigotito chistosón que pensó igual.
Ah, como me cuestan los puntos medios.
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