Siendo el mundo un ente tan mutable, el entretenimiento debe seguirle el rumbo. El internet de alta velocidad vino a democratizar la creación de contenido y marcó el fin de la televisión. Antes de eso, el canal unidireccional de los programas de televisión no permitía cuestionar ni vincularse directamente con los creadores, los actores, la gente que tanto veíamos y que replicábamos sin cuestionarnos; y la mayor muestra de esto era lo fácil que la población repetía los chistes malos pero de moda de comediantes como Chespirito o acosadores como Paco Stanley. O eras parte del chiste o eras parte del problema, y por consiguiente corrías el riesgo de ser objeto de burla.
Los creadores de contenido de internet vinieron a romper con esto; ahora es muy fácil decir cosas diferentes, buscar gente con tus mismos gustos, gente más afín a ti y que, por fin, interactúa contigo, aunque sea a través de la sección de comentarios o mediante las donaciones del canal. «Mira, mamá, estoy pagando para que esta persona hable conmigo». Vamos a donarle más que dinero, vamos a donarle nuestro tiempo y nuestra fidelidad, vamos a darle credibilidad y aceptarlo en nuestra cámara de eco.
Este concepto antes no era tan común: tenías que ajustarte a lo que la programación de la tele te daba, a lo que los de la escuela o la colonia decían, y eras parte o eras el raro. Ahora podemos usar el buscador y solo enfocarnos en aquello que nos interese.
La IA nos trajo una otra revolución: las nuevas historias están más prefabricadas que nunca. El algoritmo es un tirano que domina el contenido que se promociona, viralizando lo que carece de originalidad, pero atrapa con ganchos fuertes, cambios rápidos y colores saturados. Ahora, ¿todos pueden ser influencers, no? El problema es que ser influencer es ser una vitrina de productos, un empleado de varios jefes, con representantes sedientos de dinero a quienes poco les importa si el producto que paga es apto para el público o si es una estafa piramidal medianamente legal. Si no tienes colaboraciones con tarjetas de crédito, casinos, sitios de inversiones en línea, y no has sacado tu libro medianamente revisado por el becario sobrino del jefe, no eres nadie. Bienvenido al mundo del mañana, donde no tenemos autos voladores, pero hasta tu tía, la que vende quesadillas en la noche y su casa esta en obra negra, colabora con Temu.
En España, gracias a que Rocío Bueno (aka «A Pablo le apetecía») decidió dejar su papel, se le puso atención a algo que era obvio: que muchos de los influencers eran escaparates vacíos, sin personalidad, sin más mérito que ser hegemónicamente blancos y cuyo trabajo estaba en hacer creer a los demás que su vida era perfecta, alcanzable y que eran amigos de sus seguidores.
Esta semana despertamos una funa a BTS por dejarse usar para blanquear la imagen de un violentador de mujeres que jamás pisará la cárcel por ser rico y famoso. Pero nadie debe preocuparse por BTS; más que dinero, ellos tienen una fanbase que depende emocionalmente de ellos, de sus giras, presentaciones, y —hay que decirlo— de su mercancía innecesaria, pero que sirve para aliviar huecos emocionales, vacíos existenciales y excedentes monetarios. BTS es incancelable, porque la salud mental de una gran parte de la población depende de ellos. Pero en el caso de los influencers, donde pasar de héroe a villano es más fácil, tendremos el cuento de siempre: enojo, perdón, y olvido.
Así que… ¿qué futuro nos espera? Uno donde queramos recuperar la cercanía, la originalidad y, sobre todo, la honestidad. Las redes sociales, llenas de IA, tendrán un éxodo hacia esos canales solo para humanos. Los vídeos menos producidos serán vistos con ojos más frescos, ansiosos de contacto real. Pero, las marcas se están cansado de depender de que el famosillo de turno, no tenga sus dos segundo de idiotés y arruine su carrera y con ello la campaña. Así que las marcas están prefiriendo avatares de IA diseñados al detalle, exentos de funas.
El mundo no tiene el equilibrio y ni lo busca. La cultura es un péndulo que nos lleva a un extremo, hasta que el hartazgo gana y reculamos hacia el otro lado. Yo paso del matcha, paso del K-pop producido al milimetrico fetiche y paso de seguir modas y algoritmos; por eso le sigo apostando a lo vintage, como escribir un blog mientras tomo un café negro. Quiero mi nicho, quiero a mi tribu, pero no quiero tener que vender el alma para conseguirlo y no quiero seguir a alguien que sí lo haya hecho, a menos que real y nada metafóricamente haya vendido su alma al diablo, porque entonces, puede ser que sí este interesada.
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