Entre los muchos conceptos que tenemos erróneos en estos tiempos, como macho alfa y gurú espiritual, el que más nos debe preocupar es el de esposa tradicional.
Este concepto nos lo quieren vender como lo básico, lo necesario, lo que Dios nos mandó para el bien de la humanidad, pero la humanidad se ha encargado de demostrar que no es un estado deseable, en múltiples ocasiones.
El modelo de tradwife que nos quieren vender pertenece a una ilusión de lo que “era” ser una esposa de la posguerra, donde el salario del hombre bastaba para comprar una casa con jardín, la mamá se quedaba en casa cuidando a los hijos y lista con la cena para cuando llegara el marido. En esa época había recomendaciones para las mujeres como: que no te encuentre en pijama, perfúmate y arregla la casa para que tu esposo sea feliz cuando llegue. Peina a tus hijos y diles que no hagan ruido, porque el jefe del hogar merece descansar, etc. y esta carga de trabajo y responsabilidad, pasaba un factura muy cara.
Ni la economía es la misma que ahora, ni se habla de salud mental de la misma manera. Muchas de esas mujeres con casas pulcras y sin salir a trabajar eran completamente infelices. Era común que tuvieran algún tipo de dependencia a pastillas, “mummy’s little helpers” se llamaban. También era común que su infelicidad se ocultara con el alcoholismo. Y sin problema se podía tener ambas condiciones. Nunca, una verdadera esposa tradicional, va a decir que es a lo que todas deberíamos aspirar. Todas las influencers que promueven este estilo de vida, lo hacen desde la hipocrecía de tener trabajos, generar dinero y tener voz en redes sociales
Ok, podemos voltear más atrás, y ahí nos encontramos a que los países donde los hombres estaban en el frente tuvieron que emplear a las mujeres en ciertos trabajos como minería, y esto fue liberador para ellas, pues ahora veían como una opción de vida el no tener que depender de un hombre, el salir de casa y trabajar, el aspirar a más. Porque antes de eso, Dios nos libre de que las mujeres opinen. En países como Inglaterra, que seguían aterrados de la Revolución Francesa, mientras más pasiva y más restrictiva fuera la ropa y la vida de las mujeres, mejor.
Y podemos seguir y seguir y estos ciclos se van a repetir con la constante de que, sin importar la época y las condiciones, siempre han habido mujeres que han luchado por derechos, por libertad sobre su cuerpo, su vida, su educación, su libertad de tránsito.
Ser tradwife no es solo quedarse en la casa horneando panecillos y cuidando hijos. Significa que tu voz y voto se pierden porque el hombre es el cabeza del hogar. Tu dependencia económica te deja en una jaula de oro que puede colapsar y dejarte vulnerable. La respuesta tampoco es “elegir un buen hombre, uno temeroso de Dios”, porque las posibilidades siguen existiendo de que quedes sola, pobre, sin posibilidades de generar ingresos y sin saber tomar decisiones sobre tu vida.
Puedo entender que alguien diga: no me importa, yo quiero esa vida. Pero jamás aceptaré que eso debe ser el ideal máximo para todas, que otro estilo de vida no sea válido, que es mejor para una mujer ser un mueble más. No después de todo lo que la historia nos ha enseñado.
No importa lo que la machosfera diga. No importa las falsas razones que quieran meter. No vale que invoquen a Dioses imaginarios y sus supuestos deseos. La historia le debe justicia a muchas mujeres, y nos toca, generación tras generación, impedir que exista un retroceso en nuestros derechos.
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