Reseña:
El despótico patriarca Esteban Trueba ha construido con mano de hierro un imperio privado que empieza a tambalearse con el paso del tiempo y un entorno social explosivo. Finalmente, la decadencia personal del patriarca arrastrará a los Trueba a una dolorosa desintegración.
Atrapados en unas dramáticas relaciones familiares, los personajes de esta poderosa novela encarnan las tensiones sociales y espirituales de una época que abarca gran parte del siglo XX. Con impecable pulso narrativo y gran lucidez histórica, Isabel Allende ha creado un fresco en el que conviven lo cotidiano con lo maravilloso, el amor con la revolución y los ideales personales con la dura realidad política.
Opinión:
La casa de los espíritus es una novela contada por mujeres pero vivida por hombres, especialmente Esteban Trueba, quien tiene la voz más fuerte aquí. Aunque todo esto ocurre en Chile de una dimensión paralela, bien me pudiera decir que pasó en una hacienda en Oaxaca y se los creo. Y aunque me van a funar por esto, Esteban Trueba es el personaje principal de esta novela y es lo primero que me molesta; él es el que hace y deshace, y el que menos termina sufriendo las consecuencias de sus actos y sus decisiones, mientras las mujeres son pasivos receptores de todas sus tarugadas y sus repercusiones.
Rosa fue su prometida, sin tener interés en él, cuando ella muere, Esteban abandona a su suerte a su hermana y a su madre y se va a su hacienda a hacerla que viva tiempos mejores. Y aquí es un punto interesante, Esteban asegura que fue el mejor patrón del mundo, que todos tenían trabajo, comida y que cuando él llegó sus condiciones mejoraron, pero no dice que los explotó laboralmente, que no recibían ni un pago ni un trato justo, que violó a cuanta doncella quiso, que dejó hijos regados y que mientras él se volvía un hombre próspero su madre, una viuda enferma, se pudría en su cama bajo el cuidado de Férula, quien no tenía más objetivo en la vida que el cuidado de su madre.
A la muerte de ella, Esteban decide cumplir su único deseo, tener nietos, pero nietos legítimos, porque todos esos bastardos que dejó por ahí, no, esos no cuentan. Así que va con la familia de Rosa a ver si no les sobra una hija casadera, y pues sí, ahí estaba Clara, varios años menor que Esteban, pero con la peculiaridad de tener 9 años sin hablar, de vivir entre espíritus y tener ciertos dones para mover las cosas.
Esteban es el clásico hombre que no entiende que no entiende, pues asegura que todo lo hizo bien, pues dio educación, salud, trabajo y prácticamente fue el salvador de todos en su rancho «Las Tres Marías», a pesar de que todos le tenían más miedo y odio que aprecio; pero ojo con decir algo, que te metía un tiro y ni quién le dijera nada. Y esto es peculiar, pues la novela nos muestra la vida de las mujeres que marcaron a Esteban y no sabes cuál te da más coraje: si Rosa, que murió por accidente y que ni muerta fue respetada; Clara, que vivía en un mundo de fantasía para escapar de su realidad; su hermana, que se entregó en cuerpo y alma a la madre de ambos, que era una viuda resignada al sufrimiento por su enfermedad; o Blanca, su hija, que se enamoró de un «agitador social con ideas erróneas de igualdad y derechos de los trabajadores»; y por último Alba, su nieta, que sufrió las consecuencias de la vida de sus padres y sus abuelos.
La casa de los espíritus habla sobre el sufrimiento de las mujeres en una sociedad desigual, donde Clara puede huir de todo por ser de clase alta y solo volver a la tierra en casos de necesidad absoluta. Habla de la lucha de clases y cómo la clase alta va a hacer lo que pueda para mantener el statu quo.
Y aunque puedo decir que se volvió adictiva, no era algo que disfrutara o me hiciera feliz; más bien es un masoquismo de a ver ahora qué sale mal o qué desgracia ocurre. El realismo mágico no es mi género favorito, pero esta obra me gusta más que Como agua para chocolate, aunque las dos comparten esos finales que uno no disfruta, pues más bien parece que todo lo malo que pasó fue «correcto»; es decir, no existe una compensación, un ganador ni una esperanza.
Entre las cosas que se le pueden criticar es el excesivo uso de descripciones y aseveraciones sin «mostrar». Clara y Férula se quieren mucho, dice el libro, pero yo solo vi una relación parasocial, pues Férula buscaba a quién cuidar ahora que la madre había fallecido, pues su vida era eso: ser la devota que se sacrifica por los demás mientras, en secreto, anhela otra vida. Pero Clara no hizo nada por ella, ni cuando se va; por mucho que «no quiera ser encontrada», bien parece que no le importa. Y sí, Clara es un personaje difícil de empatizar; vive en una nube, pero ni esa nube queda clara, pues se habla mucho de que vive entre espíritus, pero jamás nos muestran esos espíritus, cómo vive en ellos o cómo afecta más allá de ciertas ocasiones donde usa sus dones, por ejemplo, para encontrar la cabeza de su mamá.
Reencontrarme con esta historia fue interesante. De niña vi la película con Winona Ryder y Antonio Banderas y ya recordé por qué no me gustaba. La adaptación de Prime, aunque no es mala y más o menos respetaron la escena de la iglesia cuando Clara es niña y le cuestiona al padre la existencia del infierno, que es mi favorita. Pero ambas me quedan cortas, hay cosas que siento me quedan debiendo.
Obviamente esta no es una obra para todos. La visión feminista fatalista de esta obra es importante de entender, pero no es tan fácil de disfrutar y no está entre mis favoritos, pero entiendo su valor como una memoria de guerra, de lucha de clases y de todo eso que les tocó vivir en Chile antes de la dictadura de Pinochet.
Yo sigo pensando que debemos leer libros prohibidos y este es uno de ellos, pero debemos leer no para que nos gusten, sino para entender cuál es el mensaje que, nos guste o no, no debe ser olvidado.