Desde que viste el tamaño del archivo, supiste que algo andaba mal. Recordabas haber grabado apenas unos minutos, pero el peso del video era mayor de lo habitual. Debería ser normal que te pasen cosas raras: después de todo, eres influencer de contenido paranormal… aunque la verdad es que tu vida es bastante aburrida.
Buscas locaciones con leyendas interesantes, pasas la noche ahí con tus equipos intentando tomar mediciones. La verdad, no sabes muy bien qué estás midiendo, pero estás convencido de que cuando encuentres lo que buscas, lo sabrás. Los videos de miedo son videos que se monetizan fácil. Siempre te han dicho que tienes una voz y unos ojos bonitos. Aprendiste a contar historias, y las historias de terror venden bien.
Tus últimos videos han sido todo un reto: estás siguiendo la pista de un culto religioso acusado de necrofilia y canibalismo. Los testigos que has entrevistado cuentan la misma historia. ¿Eso significa que es real? ¿O simplemente es una leyenda urbana repetida tantas veces que ya todos la dicen igual? Aunque, claro, hay pequeñas diferencias… como pasa con el mito de La Llorona.
De hecho, tu video más visto sigue siendo el primero que hiciste sobre La Llorona. Ni siquiera tiene el mejor audio o imagen, pero eso no importa: su aspecto de «video casero» le dio autenticidad. Lo mejor ocurre al final: mientras das tus conclusions y te despides, se escucha un trueno y la luz de un rayo dibuja una silueta detrás de ti. Solo tú sabes la verdad: la luz era de un coche, la silueta un efecto óptico causado por decoraciones de tu cuarto y sus sombras. El trueno fue agregado en postproducción. «No es trampa», pensaste, «es ambientar. Es lo que todos hacen, ¿no?».
El video se volvió viral y tus números se dispararon. Hubo quien te acusó de falsificar el efecto, pero tus seguidores te defendieron con uñas y dientes. No dijiste nada falso, solo lo condimentaste un poco.
Intentaste mantenerte honesto en los siguientes videos, pero fueron un fracaso. La verdad, sin misterio, es insoportable. Un video de fantasmas donde nunca pasa nada no importa; aunque esté bien narrado, es atrayente, sí, y tienes tu público, pero no el éxito que muchos te auguraban.
Hace unos meses, tuviste una pesadilla. De esas que no sufrías desde hace años, cuando dormías en el rancho de tu abuela y tus primos mayores te hablaban de “Los Hermanos de la Sangre Eterna”. Un culto que, decían, había llevado a cabo un suicidio colectivo cerca de allí: más de mil personas envenenadas. Todos murieron… menos el líder. A él lo encontraron rodeado de cadáveres, sin ojos —se los había comido—, con un collar hecho de lenguas humanas y otros tantos hechos con dientes. Cuando la policía por fin pudo pasar a la iglesia de la comuna, los cadáveres putrefactos cubrían el suelo. Los dientes de las víctimas se habían desprendido con el veneno, regados por el suelo como canicas. La sangre que vomitaron en sus últimos segundos se secó y los dientes quedaron pegados al suelo como si fueran parte del paisaje. “Cosa del diablo”, decía la abuela y se santiguaba cada que le preguntabas si todo eso era cierto.
Esa historia te quitó el sueño de niño, pero ahora también te fascina. ¿Cómo alguien puede llegar a eso? ¿Por qué lo siguieron? ¿Dónde estaban sus familias? ¿Y si el líder del culto no murió? ¿Y si su linaje continúa y alguien más está recogiendo dientes y lenguas para hacerse su propia joyería?
Tras el mediocre resultado de tus últimos proyectos, la pesadilla te pareció una señal. Decidiste investigar.
Los primeros cuatro videos fueron un éxito. Obtuviste testimonios, visitaste las ruinas de la comuna, pasaste la noche ahí. Tus aparatos se volvieron locos a media noche. Te dijeron que eso pasaba a veces cuando ponías demasiados juntos: no detectan fantasmas, se detectan entre sí. Pero tú no mentiste, solo dejaste que el público interpretara lo que vio.
Este último video, sin embargo, estaba quedando flojo. Solo te quedaba grabar la despedida. Para que fuera vistosa, usaste el dron. Planeaste una toma lenta, sepia, con música de fondo y risas distorsionadas. El cierre perfecto. Pero el dron te dio un regalo: en una rama alta de un árbol, casi sobre tu cabeza, colgaba algo.
Un collar con muelas humanas.
Conseguiste que alguien lo bajara. Le pagaste bien por treparse y quedarse callado. Esa pieza era demasiado buena para compartirla de inmediato. Primero la mostrarías en exclusiva en tu canal, luego la entregarías a la policía. El collar, con seis dientes humanos, era asqueroso, tétrico… y maravilloso.
Ese es el video que acabas de grabar. Tus conclusiones finales, agradecimientos al público y la gran revelación prometida.
Primero editas ese fragmento de quince minutos y lo unes al resto. Pero el archivo pesa como si durara media hora.
Los primeros cinco minutos son exactamente lo que recuerdas. Sigues el guion perfectamente, muestras el collar con solemnidad y respeto. La frase final te dejó orgulloso:
“Hoy despido esta saga de videos agradeciendo a todos ustedes por su apoyo. Me voy a poner este collar una sola vez, no por morbo, sino para recordar a las víctimas de esta tragedia y comprometernos a no olvidarlas”.
Juntas las manos sobre el pecho y bajas la cabeza. Un gesto ya icónico en tu canal. Algunos seguidores lo usan en sus propios videos como homenaje.
Solo faltaba cortar la parte donde te levantas a apagar la cámara. Pero algo no cuadra. Tu cuerpo… no se comporta como debería.
Permaneces dos minutos exactos con los brazos cruzados y la cabeza baja. Inmóvil.
De pronto, la cabeza se lanza hacia atrás. Los hombros también. Tu respiración se agita. De tu garganta emergen sonidos guturales, ajenos. Lentamente, miras hacia la cámara. Tu cara está distorsionada, como si la piel se hubiera encogido, como si estuviera sobre un cráneo más grande. Tus ojos son dos pozos negros. De tu sonrisa desproporcionada asoma una lengua inhumana.
Tu cuerpo —o lo que ahora está en tu cuerpo— se alza con solemnidad y sale del encuadre. Se mantiene fuera por el resto del video. Estás seguro de que es una broma, o que tu cara se veía rara por el cansancio y estás viendo algo que no pasó…
Hasta que el video llega al final.
Vuelves a cuadro.
Te acercas a la cámara.
Y la apagas.
Lo último que se ve es tu cuello.
Luces un collar de siete dientes humanos.
Una de las mejores pesadillas que tuve de niña, fue en la que capture den video a 3 fantasmas corpóreos. Contrario a lo que parezca, no soy diferente a los demás y me encantaría que existieran los fantasmas.