Mi mamá dice que mi tía Chelo es un regalo del cielo; yo creo que más bien fue un roperazo.
Admito que sin ella yo no estaría aquí. Mi tía Chelo le espantó 138 pretendientes a mi mamá. Mi papá fue el único que sobrevivió a la “quedada a comer con Chelo”, como mi mamá le decía al acto de psicología destructiva que mi tía ejercía sobre sus pretendientes. Algunos salían llorando y en crisis; otros inspirados y motivados. Como quiera que fuera, ninguno volvió a ser visto cerca de mi mamá. Parece que el daño no era permanente. Se dice que todos siguieron sus vidas sin volverse asesinos seriales, políticos o, peor, vendedores de tarjetas de crédito.
Cuando logré que Lorena aceptara ser mi novia, supe que quería presentarle a mi tía el día de mi funeral o un par de semanas después, eso aún no lo decidía. Pero mi santa y bendita madre, cuyo deporte es ver el mundo arder, tuvo el descaro de invitarla esa misma tarde a “probar las famosas galletas de mantequilla de mi tía Chelo”.
Que nuestro señor Jesucristo de los clavos oxidados me ampare.
Lorena estaba tan emocionada con la cita que no me dejó explicarle el problema y por qué era mejor que huyéramos del país y nos cambiáramos de nombres. Ella ignoró todas mis súplicas y acudió puntualita a las 4 de la tarde a la casa de mi tía. Yo la esperé afuera, mordiéndome las uñas. Cuando iba a tres cuartos del dedo anular, Lorena salió de la casa feliz, más feliz de lo que la había visto nunca. Me besó apasionadamente, me agradeció por esa tarde maravillosa y, acto seguido, rompió mi corazón. Me dijo que iba a seguir su llamado, que se marchaba a ser cuidadora de pandas en China, que era una lástima terminar así, pero me deseaba toda la suerte del mundo.
Me abrazó por última vez y se fue con el atardecer.
Enojado, entré a la casa, donde mi mamá y mi tía seguían comiendo, como si no acabaran de arruinar mi vida.
—¿Pero qué le dijeron? ¿Por qué me hacen esto?
—A ver, pérate —dijo mi mamá con ese tono que usa antes de agarrar la chancla—. Aquí nadie le dijo nada, ella solita tomó su decisión.
Mi tía me jaló del brazo, me sentó a la fuerza en el silloncito ese de flores que servía de banquillo de los acusados en sus famosas reuniones y me preguntó: —¿Qué quieres?
—Tía, neta, no tengo ánimo de galletas o té, lo que quiero es a ella.
—Sí, sí, claro —me dijo mientras me pasaba una taza humeante y cuatro galletas de mantequilla con forma de moño.
—Tía, en serio no quiero.
—Todos los que se sientan aquí creen saber lo que quieren, no seas necio, tómate eso y platicamos.
Mi santa madre seguía lanzándome miradas de ceja derecha levantada, esa que dice «cuidadito, que lo que hagas mal lo pagas en la casa». No me quedó más que resignarme y tomarme el té y morder sin ganas las galletas. Sabrá el demonio de qué té era, sabía dulce y salado al mismo tiempo. Pero realizó su magia: al intentar entender su extraño sabor, empecé a darme cuenta de que mi tía tenía razón, no sabía realmente lo que quería; este elixir liberaba recuerdos perdidos de la infancia, colores olvidados, formas mustias que habían moldeado mi personalidad, sabores intensos carcomidos por el tiempo ahora cobraban vida en mi boca. Todo esto me hacía revivir cosas que hace años no sentía, entre miedos antiguos y felicidad infantil renovada. Cuando llegué al fondo de la taza, ya estaba convencido de que Lorena no era lo que quería. Antes creía que sí, pero ahora lo tenía más claro y todo se veÍa muy diferente.
—Cuando tu papá se sentó aquí y le hice esa misma pregunta, sin dudar me dijo que lo que queria era a tu mamá, y dos cucharadas de azúcar porque mi té sabía a mil diablos —dijo mi tía.
—Ese té receta secreta, ni a mí me la ha querido dar —intervino mi mamá—, pero tiene esa propiedad milagrosa de limpiar el alma y los sueños de telarañas y opiniones ajenas.
—Entonces, ¿ya sabes lo que quieres? —preguntó mi tía.
Y en vez de responderte lo que le dije a ella, te voy a preguntar a ti: ¿tú sí sabes lo que quieres? ¿O le digo a mi tía que te invite a pasarte por aquí esta tarde?
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