Una de las primeras señales del deterioro cognitivo de mi suegra fue cuando dejó de cambiarse de ropa. Tres días con la misma ropa, tres días sin bañarse. Eso activó ciertas alarmas, pero no pasaron a más. De todas formas, poco pudiera haber cambiado si hacía un escándalo de esto y lograba que la lleváramos al doctor.
—¿Y qué es lo que le pasa?
—Que tiene tres días con la misma ropa y sin meterse a bañar.
—¿Y ya le comentó algo?
—No, porque no tengo tendencias suicidas.
Qué diálogo más absurdo hubiéramos tenido. Pero, volteando atrás, esta fue una de las primeras señales. Ahora estamos al revés, y puede usar hasta tres batas en un mismo día; todo depende de la efectividad de los pañales.
Pero en el caso de mi madre, su ropa me habla de dónde está su mente. Si dura todo el día en pijama es que anda hogareña y tranquila; basta con que tenga café y plantas que regar. Si para el mediodía ya lleva tres cambios de ropa, es que anda intranquila, que espera algo, que tiene la maleta hecha. Esos días tiene la mente más dispersa, más irracional.
Casi me gano un chanclazo porque no me aguanté la risa al decir que Brad Pitt vendría por ella. Por muy descabelladas que sean sus ideas, no hay forma de que vea todas sus implicaciones. Un «no sé, me dijeron» y «ahora que venga fulanito te lo va a explicar» es todo el argumento que puede proporcionar. Por eso ya no comento nada, y si se me escapa la risa, toca probar mi agilidad felina para escapar o soportar el zapatazo.
