Casi empieza agosto y me asaltan los recuerdos de Vietnam… Bueno, del Vietnam que viven todos los padres cuando sus hijos están en la primaria. Forrar libretas, etiquetar material, y la pesadilla principal: ponerle el nombre a todos y cada uno de los lápices, colores y bicolores que pide la maestra. Todo para que no duren ni media semana. Horrible pesadilla el evitar que no se pierdan los colores
En serio, el caso de los colores perdidos en las escuelas primarias no lo resuelve ni Sherlock Holmes. Nadie sabe qué pasó con ellos, nadie nunca es responsable, y uno no sabe qué hacer para que no se pierdan.
El primer intento: taladro, llaveros y desesperación
No sé tejer. Esa es una verdad que no me molesta aceptar. Así que nunca hice esos famosos pulpos de estambre para marcar colores. Pero la ingeniera (ósea yo cuando ando creativa) dijo que sí existían soluciones mejores, con herramientas que sí domino. En este caso: el taladro.
Así que, armada con una broca fina y muchos anillos de llavero, logré hacer una cosa fea, ruidosa, pesada y estorbosa… pero que logró que esos colores duraran hasta que se acabaran. Una hazaña jamás vista en esta casa.
Sí, ya sé. En el video donde mostré cómo lo hice, mucha gente me dijo que era «poco pedagógico». Pero poco pedagógico es pedir una lista de útiles larguísima y que se pierdan impunemente.
El giro tecnológico: impresora 3D al rescate
Cuando conseguimos la impresora 3D, tuve una revelación. Una idea. Una respuesta.
Diseñé un pequeño cilindro con el nombre de mi hijo grabado y un orificio para pasar el color. Esto no solo hizo que los colores dejaran de rodar por el piso (principal causa de su desaparición misteriosa), sino que además fue más fácil identificarlos y recuperarlos. Por fin logramos nos solo que no se pierdan los colores, sino que estos duren hasta el final del ciclo, sueltos, sin ser una matraca espantosa cada que se usa alguno. Idea ganadora eso de tener una impresora 3D y que resuelve problemas verdaderos como este
Bonus: emprendimiento escolar aprobado por mamá
Y no terminó ahí. Como una forma de ayudarlo a socializar más, le imprimí varios identificadores extra para que los vendiera a sus compañeros. El negocio escaló: terminó vendiendo lápices con pokémones en la punta… y pokémones sueltos también.
Un win-win, si me lo permiten.
Conclusión: si algo se pierde, que no sea la creatividad
Perder útiles es inevitable. Pero con un poco de ingenio (y herramientas que sí sepamos usar), podemos no solo evitarlo, sino hasta sacarle provecho. Este año, en lugar de frustrarte con el regreso a clases, tal vez puedas encontrar en el caos una oportunidad para crear, inventar o incluso emprender con tus hijos.

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