Desde el momento en que atravesaron la puerta, los sentidos de los comensales se excitaron. Las experiencias culinarias del chef Faustino eran siempre un deleite absoluto para todos los sentidos y, al final, uno se sentía como si hubiera cometido el más delicioso de los pecados. Los sabores eran únicos e irrepetibles; sin embargo, cocinar bien no era lo único que hacía de Faustino un artista. Los lugares que utilizaba parecían transformarse, la música era compuesta especialmente para la ocasión y todos los miembros del staff parecían sacados de un cuento de fantasía: sus ropajes eran exquisitos, sus movimientos elegantes y fluidos como si fueran hadas milenarias.

El banquete de este año se llamaba «Renacimiento» y prometía ser el evento más grande del siglo. El lugar de la cita era un museo con una fachada de amplios arcos góticos y ventanas de pulidos vitrales anglicanos, que fue transformado en lo que para muchos parecía una vulva gigante.

—Es una vulgaridad —dijeron sus detractores.
—Es una hermosa metáfora de cómo nacemos un poco cada día cuando ayudamos a los demás —decían sus fanáticos.

Porque Faustino era un genio de la cocina, y un genio que cobraba como tal; pero cada peso pagado valía la pena y se invertía en ayudar, cada vez a un grupo o una causa diferente. En esta ocasión, con lo exuberante del precio, todos estaban seguros de que el mundo no sería igual después de esa noche.

Afuera del museo, el ambiente era un frenesí de flashes y murmullos. Periodistas y curiosos se agolpaban contra las vallas, ansiosos por descubrir quiénes serían los afortunados que gozarían de esa noche legendaria. La prensa no había logrado conseguir ni el menú ni la causa benéfica, por lo que todo se reducía a especulaciones y conjeturas. Sin embargo, para Faustino eso era parte del plan: nada genera mejor publicidad que un misterio bien guardado y un puñado de chismes jugosos circulando en las redes. Mientras el mundo exterior devoraba los rumores, adentro, los elegidos estaban a punto de devorar algo que los marcaria de por vida.

Entrar al museo era entrar a un cálido vientre materno. Las paredes estaban recubiertas de telas sintéticas, de textura similar a la piel humana y en color café claro. Del techo colgaban arreglos florales en tonos rosa y carmesí que trazaban entre sí intrincados diseños, recordando suaves venas que alimentan a un organismo; cortinas de pequeñas perlas trazaban el camino hacia el salón de banquetes. Mientras atravesaban la estancia, el aroma a azafrán y eneldo les despertó un apetito voraz. Estos banquetes no eran baratos, pero nunca hubo un comensal que se arrepintiera de la inversión.

El comedor era un espacio amplio donde veinte mesas estaban dispuestas en óvalo. Cada lugar se encontraba finamente señalizado con una delicada bandera y la fotografía del invitado. En estos eventos siempre había actores de renombre, políticos en ascenso que buscaban lavar su imagen y algunos influencers que, mediante donaciones, habían logrado cubrir el alto costo de las entradas. Para muchos el dinero no importaba; para otros importaba más que hablaran de ellos. Este era un ritual hedonista puro y sin matices.

Adornando las paredes colgaban viejos retratos de Faustino. En el primero se veía a un niño flacucho de piel canela en la desvencijada cocina de su casa; en el siguiente, el niño se había convertido en un joven de ojos despiertos y mirada profunda. Faustino venía desde abajo y nunca olvidó sus orígenes. Por años, dedicó la mayor parte de sus ingresos a ayudar a comunidades vulnerables, mientras que, con el resto, buscaba formas de experimentar e innovar en la cocina de maneras nunca antes vistas.

Su salto a la fama ocurrió hace diez años con el «sándwich de oreja de elefante». El animal fue donado por una comunidad en Asia Central que atravesaba una crisis alimentaria; ellos serían los beneficiarios de lo recaudado. En un ambicioso proyecto, Faustino cocinó un elefante entero de mil maneras diferentes. Las orejas fueron el plato más costoso; las vísceras se prepararon con especias tradicionales y la carne se sirvió en brochetas ahumadas. Con los huesos se fabricaron los cubiertos.

«Todos somos parte de todos; todos nos debemos a los demás», era el lema del chef.

Poco a poco, sus retos se volvieron tan polémicos como inusuales. Tras el elefante, llegó el asunto de las palomas. Aprovechando que una ciudad planeaba envenenarlas por ser plaga, Faustino las cazó de manera «ética» para alimentar a los pobres. Las aves fueron bañadas en jugo de baya y sus huesos fueron adornados con pedrería de fantasía para financiar el próximo proyecto.

Esta fue la última vez que la comida fue gratis. De ahora en adelante, las fiestas servirían para socavar el bolsillo de gente rica y aburrida. Faustino los maceraba con adulaciones y los bañaba en alabanzas. El resultado era un platillo que valía diez veces más de lo que costaba hacerlo. A los ricos esto no les importaba; al contrario: «Mira lo que puedo pagar con tal de ser diferente».

«La tierra es vasta y provee a aquel que está dispuesto, pero provee más si todos ayudamos», era otro de sus eslóganes.

El primer plato de esa noche fue una sopa de médula infusionada en azafrán. La carne se desprendía del hueso con suma facilidad y derrochaba sabor; pétalos de rosa confitados adornaban el plato. Un murmullo de anticipación recorrió la mesa. Los influencers capturaban el vapor que olía a incienso, a tierra mojada y a algo primordial que despertaba un hambre que no nacía en el estómago, sino en los genes.

El plato principal llegó envuelto en una nube de humo de sándalo. Era una pieza de lomo, adobada en una pasta tan oscura y brillante que parecía obsidiana líquida. Faustino explicó que la carne había sido macerada durante tres días en una mezcla de chiles ancestrales y especias de las rutas de la seda. Al primer corte, la costra crujiente cedía ante un interior rosado y tierno que se deshacía como mantequilla, liberando el dulzor de la miel.

—Chef Faustino —pidió uno de los comensales—, esto está exquisito. Siento un sabor completo, entregado… como si estuviera viviendo dos vidas diferentes. ¿Cómo se llama este platillo? ¿Qué contiene?

—Primero, vamos a servir el postre y, con él, les diré el nombre de esta comida —respondió Faustino con una sonrisa enigmática.

Sin esperar a que los comensales terminaran sus carnes, los meseros llegaron con bandejas plateadas cubiertas por campanas de cristal llenas de humo. Cada mesero se colocó ante un invitado y, con un elaborado floreo de muñeca, destapó el postre.

Lo primero que se veía era un glaseado de chocolate pulido como un espejo, cubriendo algo del tamaño de un puño. Al partirlo, se descubría un corazón humano, bañado en salsa de hibisco.

—Su platillo, señor Presidente, se llama Bhante. El suyo, querido director ejecutivo, era Tenzin.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Faustino caminó hacia el centro del óvalo.

—Todos sus platos fueron preparados con veinte monjes budistas que buscaron el renacimiento a través de ustedes. No crean que fueron víctimas; al contrario, ellos aceptaron ser materia prima, ellos anhelaron la muerte buscando un algo más. Una iluminación. Una trascendencia que la vida mundana no podía ofrecerles.

El salón completo se quedó en silencio. Los ojos de los comensales se movían, nerviosos, entre sus platos y los rostros de los demás. Algunos parecían esperar que Faustino soltara una carcajada y dijera que todo era una broma; que, en realidad, estaban comiendo alguna especie exótica en peligro de extinción, criada en secreto solo para ellos. Pero la mirada del chef era de una seriedad absoluta, casi religiosa.

—Ellos desean vivir en sus actos —sentenció Faustino, su voz resonando en las paredes de piel sintética—, caminar con ustedes y que, juntos, construyamos un nuevo mundo. No es momento de despreciar su sacrificio; así que buen provecho. Devórenlo todo y permitan que ellos sigan viviendo en cada una de sus futuras acciones.


Otro cuento mandado a concurso, que no resulto ganador,

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