Antes de que me manden directo con Caronte y sin monedas, quiero que quede claro algo: conozco muy bien la historia de La Odisea. De niña no tenía muchos libros, pero este sí, y a falta de más que leer era una de mis relecturas más frecuentes, junto con El Principito —y los que me conocen saben que no me gusta El Principito—.
Además de los dinosaurios y la astronomía, de niña también era una obsesiva de la mitología griega, y hay una cosa que no me van a poder negar: la mitología griega es muy cruel y frustrante. Nomás haces enojar poquito a algún dios y te condena a ser un animal, si bien te va. Y La Odisea no es diferente; de hecho, pasar 30 años sin poder llegar a tu hogar es un castigo terrible, y no es que Odiseo no haya hecho cosas terribles. La Odisea es un buen recordatorio de que lo bueno y lo malo son relativos, y que hasta decidir cerca de qué isla pasar es de vida o muerte.
Cuando salió el tráiler, me emocioné, pero no de una buena manera; es como ese recordatorio de que ya te toca el Papanicolaou: lo sentía más como un deber que como un gusto. Pero cuando me enteré de que dura tres horas, mi cuerpo dijo no.
- No voy a pasar tres horas viendo una película con una historia que no disfruto.
- No voy a pasar tres horas viendo una película de Nolan, AKA «el poder del amor traspasa tiempo y espacio», cuando aún no soporto Interstellar.
- No voy a pasar tres horas viendo OTRA película de Matt Damon queriendo regresar a casa. De por si me quedo a deber con «The Martial».
No tengo por qué subirme a todas las modas, a consumir todas las películas, a opinar de todos los temas, y más cuando el debate mas fuerte que se tuvo en esta película es sobre si Helena —una mujer que nació de un huevo después de que Zeus usó la forma de un cisne para seducir a Leda— era históricamente correcto que fuera afrodescendiente o si debía tener rasgos escandinavos.
Neta, tengo mejores cosas que hacer.
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